MUSAS

Tenía una sonrisa extraordinaria, que aunque amarillenta era absolutamente sincera. Su piel era de ese moreno tostado que solamente se consigue a base de pasar muchas horas al aire libre. Poseía una mirada que pocas veces levantaba del suelo, pero que cuando fijaba en mis ojos permitiéndome escudriñar en su interior me descubría un par de puntos negros que titilaban de alegría. Eso a veces, claro. Otros días parecía tener la mirada, triste, perdida en el infinito. Su frente, coronada por una gran capa densa de rebelde pelo negro, estaba surcada de arrugas, cada una de las cuales era el reflejo de una dura batalla. Para la edad que tenía eran definitivamente demasiadas arrugas.

Tenía un violín, al que le vi arrancar los chillidos más desgarradores y las más conmovedoras declaraciones de amor. Sus manos menudas de huesudosdedos se movían espasmódicamente, siguiendo las órdenes que le dictaba alguna parte del cerebro, o quizás fuera del corazón, con la que no había nacido el resto de los mortales.

Tocaba partituras que se habían tocado miles de veces haciendo experimentar por primera vez a sus oyentes innumerables sensaciones. Si tenías suficiente confianza con él podías ponerle en un descanso una pieza musical de cualquier tipo que, tras unos segundos de concentración y una sonrisa, reinventaba con ayuda de su maravilloso instrumento. En otras ocasiones simplemente rasgaba las cuerdas al azar un par de veces y luego se dejaba llevar, arrastrando con él a un público volcado. Eso a veces, claro. Otros días no aparecía por su esquina y yo sabía que estaba tumbado sobre cartones, alucinando junto a alguna jeringuilla vacía, con su violín de silencioso espectador a su lado.

Una tarde me confesó que había intentado dejar la heroína. Que lo había conseguido: Entonces desapareció-me dijo con la voz rota-Cuando estaba lúcido ¿Sabes? No podía hacerlo sonar. Podía coger el arco y rasgar las cuerdas haciendo sonido, pero no era música, no podía sentirlo. No estaba-una lágrima resbaló por su mejilla-Simplemente no estaba. No podía dejarme llevar por mi musa porque mi musa no estaba…

Ya hace varios meses que su esquina permanece silenciosa, una especie de pacto no escrito entre compañeros hace que ningún otro músico de los muchos que piden por las calles ocupe el que fue su pequeño lugar en el mundo. Cada vez que paso por ahí le busco inconscientemente, al igual que muchos viandantes acostumbrados a su presencia. Entonces recuerdo con una punzada de dolor que no va a volver, que su musa se lo ha llevado para siempre.

Quini

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