Una tumba abierta

Ve  a clase, o a la cafetería, o ve a un bar que dé a cualquier callejón mugriento. Si para el caso es lo mismo. Ve allí y mira a cada lado, y mira bien, no como sea que acostumbres a mirar. ¿Ya? Bien, escucha entonces, que ya te digo yo lo que has visto; personas, personas que igual te importan o igual no, que puede que conozcas o a las que nunca habías siquiera mirado. Y te preguntarás qué cojones más dará que estén allí o qué narices haces tú leyendo esta basura, pues también te lo digo yo, que no es difícil: te digo que las mires porque cada una de esas personas eres tú.

No estoy hablando de un sentimiento común, de que todos somos uno y hay que apoyarse. No. De lo que estoy hablando es de que esas personas son literalmente, de que no eres diferente al resto, no eres especial. Mira a tu alrededor y abre los ojos y piensa que todas esas personas están haciendo lo mismo que tú estás haciendo. Imagina que alguien tomase una fotografía de todos los alumnos de la escuela, que pasan los años y que el tiempo hace su trabajo y somos huesos y madera bajo tierra y barro. Tal vez aquella fotografía que alguien tomó años atrás siga escondida en algún lugar. La habrán perdido y olvidado, pero si siguiese existiendo… ¿qué verían en ella? Verían personas y no verían nada más, porque pasaste por aquí sin pena ni gloria y el viento se llevó tu nombre. Verían rostros que les serían indiferentes, y tal vez se preguntasen qué habría sido de aquellos que un día creyeron que podían tener el mundo entre sus manos. Porque todos lo hemos creído, y si no ¿qué mierda estás haciendo con tu vida?

Vuelve a mirar y vuelve a creerte diferente. Vuelve a pensar que tienes todo el tiempo del mundo, y ve después a decírselo a los epitafios de las tumbas de aquellos que dijeron lo mismo y no hicieron nada con su vida. Susúrrate al oído que algún día harás aquello que amas, y dilo una y otra vez hasta que caigas en la locura de creerlo. Y reza o haz lo que sea que te pidan tus dioses, porque llegará el día en que te encuentres hundido en tu lecho de muerte y verás cómo se te escapa la vida.

Citaré a Bukowski: ”Si vas a intentarlo, que sea hasta el final. Si no, ni empieces”. Lánzate al vacío y deja que el viento te eleve al caer. Busca aquello que de verdad amas y llévalo al límite como si tu vida dependiera de ello, porque en verdad es así. Haz lo que sea que quieras hacer, pero hazlo bien, hazlo a pesar de las dificultades, de lo que te diga el mundo, de lo que pierdas y dejes caer a tus espaldas. Hazlo con toda tu alma y serás libre y serás tuyo,  porque nada que no sea esto parece que merezca la pena de llevarse a cabo. Pero no lo hagas por hacer, porque algún día alguien verá aquella fotografía y se preguntará si de verdad tu vida valió la pena.

V (Aportación externa)

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