ESTADÍSTICA

Quique es de ese tipo de personas que aprovecha la más mínima oportunidad para apostar. Además, su percepción del riesgo está, siendo generoso, muy distorsionada. Hace muchos años que mantenemos amistad, y jamás olvidaré la primera vez que le ingresaron por mi culpa (solamente llevo la cuenta de las ocasiones en que he sido el causante más o menos directo, del total me sería imposible, de hecho, hay un par de hospitales con cajones de archivadores repletos solamente con su historial), tras jugarme con él que no sería capaz de trepar a lo alto del olivo que teníamos en el patio de nuestro colegio. Estuve a punto de ganar la apuesta, pero llegó a lo alto, incluso se mantuvo allí victorioso el par de segundos que tardó en quebrarse la rama en que se apoyaba. Perdí cinco galletas.

Pese a que la obsesión le viene de pequeño ha ampliado mucho su rango de actuación desde entonces. ¿Leísteis la noticia de aquel visionario que apostó que Alemania le metía siete a Brasil? Era él. Pese a que ganó miles de euros había jugado a tantos posibles resultados en tantas casas de apuestas que se dio cuenta tarde de que había pocos resultados que no hubiese cubierto, pero menos combinaciones aún que le salvaran de la ruina total. El 7-0 era una de ellas, y todavía está suspirando de alivio.

Entre unos cuantos amigos le convencimos para que se apuntara a terapia grupal, una de esas asociaciones que se reúnen los viernes por la noche. Pero no fue demasiado bien… Parece ser que presenta tal entusiasmo que contagia: No es que no consiguiera redimirse, es que en la primera pausa para el café reenganchó a la mayoría de los asistentes a la reunión, así como al terapeuta, y le metió el gusanillo del juego a un pobre tipo de alcohólicos anónimos que se había equivocado de sala. Cuando pasaban cuarenta minutos del comienzo de la sesión se decidió por consenso que lo mejor sería continuar la noche en el casino más próximo. Fueron en coche, y por supuesto el que llegó primero al parking del casino fue invitado por el resto a copas toda la noche.

Tras varios problemas legales con las familias de sus compañeros de terapia (por llamarlos de algún modo), que le acusaban de trabajar para el casino, decidió que era hora de afrontar de verdad su problema. Llegó a la conclusión de que este residía era la necesidad de adrenalina y de emociones fuertes, lo que le dejó dos opciones. Obtenerla de algún otro modo o relajarse, dejarse llevar y tomarse la vida con más calma. Descartó la primera alternativa por no poner en riesgo su vida: La última vez que supe de él estaba en algún pueblecito de montaña mexicano descubriendo el peyote y la marihuana. Creo que es feliz.

Quini

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