SOBRE LA HUMILDAD

Para todos aquellos que se han estremecido cuando otros les han instado a actuar con “humildad”…

Pues sí, digamos que hay que ser humilde. Y te lo dice alguien que no lo ha sido. Alguien que ha despreciado con todo su ser ese término y que ahora lo acepta no solo como una necesidad sino como una virtud deseable. Pero a ti, que te retuerces contra ello como una bestia intentando zafarse de su captor, te diré que te comprendo. Comprendo esa necesidad de negación de lo que para ti no es sino una burda imposición social de una sociedad hipócrita, una ligadura constriñente que solo puede atarte y subyugarte a la insustancial cotidianeidad.

Humildad, del latín “hŭmĭlĭtas”, tiene una connotación de debilidad, de humillación, de agachar la cabeza y negarse a uno mismo. Y portando esa connotación mediocre y baja sé que no puedes sino rechazarla con una arcada visceral, como cualquier persona recta haría. Llamémosla sobriedad de espíritu si se quiere, o llamémosla moderación, o mejor, sigámosla llamando humildad, pues si de algo pecan los que se asoman al abismo del conocimiento es de la necesidad de formular nuevas palabras que carezcan de las malas connotaciones del pasado. No es necesario reformularlo todo si con ello perdemos, junto con la connotación, la trascendencia de la palabra. Dejémonos de caprichos y vayamos a lo importante.

Te habrán dicho mil veces que seas humilde cuando defiendes tercamente una idea, cuando te pones por encima de los demás o cuando los niegas. Pero no la tomes con el concepto, tómala con los que lo usan de mala manera y lo prostituyen usándolo para intentar coartarte. Cuando las personas que te rodean te instan a la humildad dan por hecho que ellos la ejercen, pero tú sabes que no es así. Humildad no es entonar el “pues yo creo…” o el “humildemente pienso…” o el “no sé mucho del tema pero…”; es más, nada hay tan engreído, antitético de lo humilde como las personas que siendo ignorantes de algo y siendo conscientes de esa ignorancia emiten su pensamiento, suponiendo que éste ya es una realidad con derecho a ser por el mero acto de ser proferido. No me importa que pongan antes la coletilla dubitativa si luego afirman sin duda alguna. Te dicen que seas humilde cuando avasallas con razonamientos a la par que creen válido un “pues yo no opino así”. Y ya no es cuestión de la validez del argumento, porque el mundo no se mueve por quien tiene la razón objetiva ni deja de tenerla. Simplemente sorprende cómo una persona puede negar razones ajenas sin la más mínima molestia de maquinar sus propios razonamientos. El mundo actual parece estar lleno de ignorancia rebelde, que se acepta a sí misma sin intención de redimirse y a la par niega cualquier realidad propuesta alternativa.

Por todas estas cosas, y más, desprecias la palabra y la apartas de ti, pero la sobriedad de espíritu no es algo que haya de ser por los demás, no tiene que ver con fórmulas vacuas de respeto ni de moralidad social. Humildad no es aceptar que puedes equivocarte, eso además de una simpleza, es en sí un acto de debilidad emocional contra el que, seguro, te rebelas. Humildad no es ser consciente de todo en lo que puedes equivocarte, sino de todo lo que puedes crear. Es ser consciente de la inmensidad del mundo, tanto de la realidad como de la ficción, de lo material o lo inmaterial. Es ser capaz de ver la inmensidad de posibilidades que el hombre tiene delante, que son inabarcables y que justo por eso son maravillosas. Humildad no es lastrarte a ti mismo con dudas y precauciones, sino ver lo pequeño que eres frente a la infinitud de posibilidades del mundo y, a la vez, sentir el espacio inabarcable que tenemos delante para continuar caminando.

Ante la “humildad” del débil, dudoso, cobarde ante el equívoco, usada como escudo ante el fracaso, como justificación de la indecisión o como legitimación de la ignorancia rebelde, se alza la “humildad” del hombre pequeño que mira al inmenso espacio que tiene delante y que, sin intentar abarcarlo, se dispone a recorrerlo sin miedo de a qué rincón lejano le llevarán sus pasos.

Jorge

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