Un sueño mágico

maxresdefault

La niebla se fue disipando poco a poco. Tras ella se veía un pequeño pueblecito, con casas de madera, piedra y techos de paja oscura. Entre la fila de casuchas, un camino de arena y barro, desgastado por las rodadas de los carros y las pisadas de animales y personas.

Miré a mi alrededor. Varias personas se alzaban detrás, como si aguardaran mi señal, pero no llegaba a reconocerlas. Todo aún estaba borroso. Me miré los pies y luego lo que llevaba puesto. Un vestido de color claro, ancho y de tela gruesa, que rozaba el suelo y me cubría por entera. Me toqué los hombros. De mi espalda colgaba una capa de lana. Volví a mirar hacia el frente. La muchedumbre de aquel pueblecito pobre y en medio de la nada parecía que acababa de despertar.

Di un tembloroso paso. Luego otro. Eché a andar, aún no sabía muy bien por qué. Las personas que estaban detrás de mí, me siguieron. Algo me decía en mi interior que estaba en aquel pueblecito por algo, pero no terminaba de recordar qué era. Estaba demasiado aturdida aún, como si acabara de despertar de un profundo sueño.

De repente recordé que buscaba algo, algo importante para hacer algo aún más importante. Una lágrima cayó por mi rostro. Tenía que encontrarlo como fuera, y aquella aldea lo escondía como si fuera su mejor tesoro. Pero sentía que tenía los poderes necesarios como para sacar a la luz su pequeño secreto y coger lo que tan ansiosamente necesitaba.

Más decidida, recorrí la calle plagada de charcos, esquivando jinetes, carros y gentío, que se movía de un lado para otro como si estuvieran nerviosos. Nos miraban, tanto a mí como a mis misteriosos acompañantes. Pero eso no me hizo parar. Seguí mi dirección hasta encontrar una casa con las ventanas rotas. Entré. Mi corazón me decía que estaba ahí lo que andaba buscando. Mis acompañantes se quedaron fuera, montando guardia.

El interior de la casa parecía intacto, como si una vida apenas hubiera transcurrido dentro, pese a que la fachada pareciera la de una casa vieja y medio derruida. Atravesé la sala principal, toda ella de madera, y alcancé una de las puertas del fondo. La abrí sin dudar. En el centro de la estancia, también de madera, se alzaba una mesa cubierta por una sábana. Y encima, lo que andaba buscando. Lo cogí sin miedo y de repente todo se volvió oscuro.

Abrí los ojos. Estaba de pie. En la mano, lo que andaba buscando. Ante mí, un muro de ladrillo rojo como el fuego. No recordaba cómo había llegado hasta allí, solo sabía lo que había detrás de la pared. Alcé la mano y toqué el muro. Este tembló, como si se tratara de una cortina de agua. Lo atravesé suavemente, dejando atrás las vagas imágenes de mi viaje hasta allí.

Respiré hondo para calmar mi respiración. Delante de mí había una escalera ancha, de ladrillo, en forma de caracol, que descendía por una sala de techos tan altos que se perdían, y del color del fuego. Bajé los escalones corriendo, sabiendo que mi destino estaba cerca.

Uno a otro, el descenso se me hizo desesperante, agónico. Cuando llegué al final de la escalinata, me encontraba en una sala circular, también roja como el fuego, en una sala sin ventanas ni decoración, salvo el color rojo que me rodeaba y parecía querer engullirme.

Y en el centro, justo en el centro, mi destino, mi corazón, mi salvación. Un sarcófago de cristal se alzaba sobre un apoyo de piedra, liso y sin decoración. Me acerqué lentamente, con la lengua seca y el corazón en la boca.

Agarré fuertemente lo que llevaba en la mano, el objeto que había estado buscando y había encontrado en aquella aldea perdida en medio de la nada. Y allí estaba él, tumbado, sumido en un profundo sueño del que no parecía despertar. Muerto. Entre sus pálidas manos sujetaba una espada con un rubí en la empuñadura. Saqué lo que con tanto recelo guardaba. Era otra espada igual su hermana gemela. La alcé y la puse encima del cristal.

Me arrodille ante el sarcófago y pronuncié unas palabras que llevaba demasiado tiempo queriendo decir: “Vuelve a mí”.

El sarcófago comenzó a temblar y se resquebrajó. La sala pareció temblar, o quizás fuera mi cabeza, que por fin veía mi sueño cumplido.

Alcé la mirada y lo vi ahí, mirándome, con sus ojos verdes, grandes y bien abiertos, y su sonrisa blanca como la luna. Eché a llorar y él me abrazó y nos quedamos sentados en el suelo de aquella sala color fuego hasta que todo se volvió oscuro.

 

Dedicado a Ħ

 

Anuncios

Deja un comentario!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s