20D: CIUDADANOS, UTOPÍA FALAZ

“Nos convendría hacer un Podemos de derechas”

Estas palabras las pronunciaba allá en el verano del 2014 Josep Oliu, presidente del Banco Sabadell. Y se hizo, claro que se hizo. A día de hoy tenemos a Ciudadanos, un partido que ha ascendido con Albert Rivera a la cabeza como adalid del centrismo de pro. Ciudadanos no es de derechas ni de izquierdas, no es de arriba ni de abajo, ni pacifista ni belicista, ni blanco ni negro… simplemente, Ciudadanos es la indefinición personificada.

Es curioso ver la afición que Albert tiene a escurrir el bulto con aquello de “hay que regularlo” ante las disyuntivas que se le presentan; y es que Ciudadanos es una máquina de atraer votantes, surtiéndose de la decrepitud del viejo orden bipartidista. Mientras el Podemos que al señor Oliu no le gusta nace como una canalización del espíritu del 15M de devolver la política a la gente, nuestro particular Podemos de derechas no se sabe muy bien a santo de qué ha llegado hasta aquí. Alguien con mal pensar, releyendo al señor Oliu, podría cavilar que el ascenso de C’s corresponde a los intereses de esos sectores financieros acomodados (bancos, empresas del IBEX, multinacionales…) que, ante la aparición de Podemos —que ponía en jaque al régimen obsoleto de los viejos partidos— deciden representar sus intereses en un partido nuevo que no haya de portar el lastre de las últimas tres décadas. Esto cuadra con la línea general de C’s: liberal en lo económico y conservador en lo político.

Porque claro, una cosa es renovar y otra pasarse, que la libertad está bien pero el libertinaje no. Así que romper con el PP, bien, que son vieja política; ahora, lo de rechazar el franquismo y tal, mejor no, que reabre viejas heridas. Como son liberales de pro, privatizar y putear al sector público, bien, porque el estado tiene que reducirse, que la gente se pague su colegio y su sanidad (en aras de la libertad claro); ahora bien, a la iglesia la mantenemos entre todos, tampoco hay que pasarse. En Ciudadanos dejan claro que no les gusta el populismo, por eso Albert quiere que el presidente cobre 300.000€ y han votado siempre en contra de bajarse el sueldo, porque el estado tiene que gastar menos en pensiones y ayudas pero no en sueldos de políticos. Con esta tendencia se hace difícil pensar que acabe quitando las diputaciones la misma gente que es incapaz de bajarse el sueldo y que espera cobrar como un directivo del IBEX.

Si bien todos conocemos la actual imagen pulcra y naranjita de C’s, su pasado es un poco más turbio. Bien lo saben en Cataluña, donde lejos de ser un partido nuevo C’s lleva casi una década en política. Pero bueno, no nos paremos a hablar del alto número de cargos políticos ahora naranjas que antes llevaban toda la vida en el PP, de los varios casos de corrupción o de que hayan plagiado burdamente el programa, que eso es de vieja política. No hablemos tampoco de cuando en las europeas de 2009 se presentaran con el partido de extrema-derecha Libertas, un partido fundado por un empresario armamentístico irlandés financiado por los lobbies conservadores americanos para dinamitar los procesos europeizantes (grupos que por cierto financiaron a C’s la campaña con dos milloncejos de euros).

Pero si algo no deja de ser sorpresivo es la conveniencia que tienen a la hora de compararnos con los países nórdicos. A Albert se le llena la boca de Dinamarcas y Suecias. Claro, lo hace para decir que allí no hay salario mínimo y alabar su flexibilidad laboral. Albert debe de vivir en un mundo ilusorio de fantasía liberal en el cual se llega al nirvana común a través del laissez-faire; porque de lo que no habla es de que Dinamarca tiene un sector público muy fuerte y es además el primer país del mundo en ingresos fiscales en relación al PIB, seguido por Suecia, Finlandia, Francia o Bélgica. Claro, esta parte la obviamos, porque es mejor reactivar la economía bajando el impuesto a los yates y subiéndoselo a los yogures. Como siempre acabamos con un saco de propuestas que parecen sensatas, pero que al sacarse de su medio natural de socialdemocracia intervencionista nórdica dejan de tener sentido.

Ciudadanos se nos ha presentado como una novedad, un faro para guiarnos a su utopía liberal que poco fundamento tiene. No obstante a la hora de la verdad no parecen tener ascos a pactar y gobernar con la vieja política allí donde es más corrupta (el PSOE andaluz de los EREs y el PP madrileño de la Púnica y la Gurtel). Hay gente que pone en duda que vayan a apoyar al decrépito PP de Rajoy, pero esa duda deja de tener crédito cuando vemos que C’s ha dado el gobierno al PP en muchas comunidades y municipios. Al final, en lo importante están de acuerdo con el PPSOE: en ceder la soberanía nacional a la troika y seguir postrando a España ante los mercados extranjeros.

Las medidas que propone Albert van a lo que van, a facilitarle la vida al alto empresariado patrio, que, ante la irrupción de fuerzas que pedían la soberanía para el pueblo, han contraatacado impulsando desde sus medios de comunicación un Podemos de derechas, que unifique los intereses de la patronal que en la práctica poco tienen que ver con el bien nacional. Por eso lo auparon voceros como Inda o Marhuenda y por eso les han financiado con unos cuantos millones para que pongan carteles gigantescos del amado líder y hagan mítines que se quedan a medio llenar.

Ciudadanos no tiene mucha pinta de ser nada más que un fiasco que propugna falacias utópicas y que enarbola un falso liberalismo aprovechando la ausencia de un partido liberal honesto en el panorama español. Han perdido ya muchas oportunidades de demostrar que eran diferentes a la vieja política, y en lugar de eso han preferido mirar por los intereses de quienes les financian y servir de soporte vital a los partidos bañados por la corrupción. Pudo ser algo distinto, pero se quedó en decepción y ya es hora de mirar más allá.

Jorge

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